miércoles, 15 de junio de 2016

Guardia Bajo Las Estrella, Cañada de la Horqueta, Salta


por: COMISION PERMANENTE DE HOMENAJE AL GENERAL GÜEMES
EN LA CAÑADA DE LA HORQUETA.

El Origen de este homenaje

Se denomina Guardia Bajo las Estrellas, al homenaje al General Martín Miguel de Güemes, que se realiza en el lugar mismo de su muerte; en la Cañada de la Horqueta. Este se inicia a las cero horas del 17 de junio, día del paso a la inmortalidad de Héroe Gaucho.
Este acto sencillo,  se realiza en la soledad del monte propio de las sierras subandinas, en el monolito que conmemora el lugar y que fuera  realizado por el escultor Victorino Moltisanti, e  inaugurado el 17 de junio de 1934, con la presencia del Gobernador de la provincia don Avelino Araoz.
 Luego de más de veinte años de abandono y olvido este lugar es redescubierto y es entonces donde nace este homenaje que queremos recordar en una síntesis del trabajo José Fadel.


Hasta 1956 la historia no había determinado el lugar exacto donde falleciera, el 17 de Junio de 1821, el Gral. Martín Miguel de Güemes. En los distintos textos, como también en los mapas, era frecuente leer denominaciones distintas como Finca Las Higuerillas, La Quesera, Las Higueras, El Chamical, mencionándoselas como sitios posibles del lugar donde perdiera la vida el general. Todo esto no hacía nada más que traer una gran confusión y muchos salteños sentíamos la necesidad de saber algo más sobre el tema, lo que nos llevó a requerir datos de nuestro compañero de estudios, el maestro Miguel Ángel Salom, por aquel entonces presidente del Club Amigos de la Montaña y secretario a cargo de la Dirección del Archivo Histórico de la Provincia. Salom era un gran lector e investigador de nuestra historia.
Luego de realizar un concienzudo estudio analizando muchos documentos y referencias, concluyó en que: si bien no existe un documento específico, se cree que el lugar de la muerte de Güemes es la Cañada de la Horqueta, fundamentalmente esta afirmación se basa en las declaraciones de José Nina, nieto de José Nina que fue peón del Gral. Güemes y que estuvo presente en el lugar en el momento infausto. Me inclino a creer que es muy valedero, porque muertos ya los hombres de la ciudad que habían estado en la Cañada, todo se olvidó y ya nadie se acuerda del lugar exacto. Los únicos que pueden saberlo, quizá, sean los descendientes de los campesinos que todavía viven en el lugar, como en el caso de los Nina. “Salom añadió que” en 1911, el Museo Histórico Nacional se interesó en una versión oral y encomendó a un artista, el señor Arístenes Papi, situar y hacer un bosquejo del lugar. Papi, buscando en la zona alguna versión fue llevado al humilde rancho de José Nina. Este guió al pintor, y llegado al lugar, se lo señaló. Estaban en la Cañada de la Horqueta, pertenecientes a la Finca Los Noques. Allí narró a Papi la vieja historia: “El abuelo decía que el general, herido en la noche del 7 de junio vino de la ciudad por Las Higuerillas y desviándose del camino entró en la Cañada de La Tala y luego al lugar donde estaban. Allí la herida no lo dejó seguir y fue descendido de su cabalgadura y depositado al pie de ese árbol, donde le improvisaron un lecho donde murió”.

Volvió el pintor a la ciudad con su misión cumplida y la Cañada se sumergió nuevamente en soledad y en el silencio. Veinte años después, el 13 de febrero de 1932 llegaron hasta ella el general Gregorio Vélez, el coronel Ernesto A. Day, el señor Martín Cornejo y el pintor Papi, guiados de nuevo por Nina. Los presentes levantaron un acta y fijaron el sitio como el verdadero de la muerte de Güemes. Dos años después, el 17 de junio de 1934, siendo gobernador don Avelino Aráoz, se inauguró un monolito recordatorio que cubría el añoso tronco del árbol al pie del cual se dijo murió el Gral. Güemes. Pero todo esto no fue suficiente para proporcionar seguridad a los estudiosos - prosiguió Salom – “Parecía no haberse hecho conciencia pública este señalamiento debido, indudablemente, a la falta de un documento que fije expresamente el nombre del lugar como lo exige la historia”.
Cuando Salom dio fin a su apasionante relato nos quedamos sopesando cada una de las razones y argumentos de los estudiosos y con cuales se quedaría definitivamente la historia. En días posteriores meditábamos hacer algo, queríamos hacer algo; pero no precisábamos qué. Entonces fue cuando tuvimos una idea: hacer un homenaje a Güemes, pero no en la ciudad, sino allá, en el monte, en el propio lugar de su muerte, en la desconocida Cañada de la Horqueta.
Los preparativos fueron febriles, hecho en medio de una ansiedad creciente. Teníamos que llegar a La Cañada de la Horqueta, la idea era vivir de algún modo las mismas condiciones climáticas, anímicas, en las que transcurrieron las últimas horas de vida del general.
De izquierda a derecha: Miguel A. Salom, Luis Madeo,
Ramón Horacio Cortez y Pablo García.
foto: Cañada de la Horqueta  1958
Nos alistamos para el viaje Ramón Cortez, Miguel Salom, Farat Salim, Pablo García, Luis Madeo, Mateo Manuguerra, Rubén Fortuny y el que escribe.
Partimos en la mañana del 16 de junio de 1956, en un camión cedido por la Dirección de Viviendas. Tomamos el camino que corre al pie del cerro Independencia, paralelo al río Arias. En pocos minutos llegamos al lugar denominado La Pedrera, distante diez kilómetros de la ciudad. Ese nombre se origina por la existencia de una vieja cantera de donde se extraen piedras para construcciones. En este punto el camino se abre en dos ramales que toman rumbos diferentes: uno sigue en dirección Sur paralelo al río Arias y el otro comienza a trepar la sierra hacia el naciente. Nosotros tomamos el de la sierra y comenzamos a elevarnos en repetidos zig – zag y en curvas que siguen las entrantes y salientes de los contrafuertes de las serranías. Es el viejo camino que unía Salta con Tucumán hasta que se construyó la ruta asfaltada por el Portezuelo. Mucho antes, incluso, fue camino de herradura que permitía la unión del Valle de Lerma con Metán y Rosario de la Frontera. Llegados al alto, su trazado se desenvuelve entre lomadas ondulantes, cañadas secas y pequeños barrancos para luego comenzar un descenso largo, sinuoso, hasta desembocar en un valle. Es ancho y bastante profundo. En el fondo hay un arroyo, árboles junto a las casas, diminutas parcelas cultivadas y una capilla. Este paraje se llama la Quesera.
La Quesera fue en otro tiempo centro activo de la vida del gauchaje, lugar de invernación del ganado, puesto de avanzada de las guerrillas güemesianas y punto de reunión de los chasquis que acortaban distancias por los senderos del monte. Ahora yace en el olvido, tan sólo algunos ranchos y solitarios cactus, ennegrecidos por las intemperies, como vigías sempiternos tratan de sobrevivir en las asperezas de la sierra. La visión de caseríos es la visión de un pueblo donde se ha detenido el tiempo.
Antes de medio día entramos en una zona diferente. El camino se estira hacia el sur en leve descenso, casi sin curvas. La vegetación es más limpia, más blanda. Ahora aparecen las alambradas en ambos lados de la ruta, también las tierras trabajadas por el hombre. Campos sembrados, amplios corrales, alfalfares. Pertenecen a la propiedad llamada finca La Cruz, que no está lejos. Desde allí se ve la sala en un altozano a no más de un kilómetro de distancia.
La Casa De La Cruz
Salom explicó: “ Esta finca era propiedad de un pariente de la madre de Güemes y utilizada por éste, como todas las de su familia, para mantener sin cargo las caballadas y haciendas del Estado que servían para la guerra. Está a pocos kilómetros de El Chamical, donde el Héroe tenía su cuartel general. En esta vieja casona estaba una posta que atendía un señor Homes y que sería, lógico es pensarlo, el encargado de hacer llegar los mensajes del jefe gaucho a las tropas acantonadas en El Chamical y hacer correr con rapidez los enviados a Belgrano en Tucumán.
Su techo de tejas a dos aguas y sus balcones con barandas de madera, conservan la imagen de esta casa que debió ser opulenta en otros tiempos. Todo revela sus 150 años de existencia, pero todavía se mantiene de pie como si no quisiera morir para entregar su mensaje a las nuevas generaciones. Hubiéramos permanecido todavía mucho tiempo contemplándola, pero el fresco de la tarde nos trajo a la realidad, había que llegar a la Cañada de la Horqueta.
Los humildes moradores de un ranchito nos indicaron que no había camino transitable para automotores. Teníamos que seguir a pie 9 kilómetros monte adentro para llegar al monolito. “sigan siempre la senda que va bordeando el arroyo – dijo el dueño de casa - es la única que hay, de manera que no pueden perderse. Varias veces se había tratado de dejar abierto el camino, pero el río y el bosque lo impidieron. Las crecientes del verano formaron barrancos de un metro, cavaron zanjones que provocaron desmoronamientos de tierra y barro y, en partes, se formaron vallas por las acumulaciones de piedras o de troncos y ramas amontonadas por la corriente. El monte con sus especies de crecimiento rápido se encarga de completar la tarea”.
Después de escuchar todas estas indicaciones, y muy cargados, nos introducimos hacia el Este por una quebrada ancha y montosa. Por el centro corre un arroyo. Es el que figura en el mapa con el nombre de “arroyo de La Cruz”.
En verdad, en parte, se notaba el esfuerzo que se hizo para dejar abierto el camino, algunos cruces del arroyo estaban emparejados con piedras, barrancos que habían sido rebajados a pala y pico, picadas abiertas en el monte espeso, pero todo destruido por las crecientes del verano anterior. Prácticamente sólo queda una senda rodeada por una vegetación enmarañada y espinosa. Además de los clásicos garabatos, talas, piquillines, churquis y tiatines, crece una abigarrada variedad de hierbas y de arbustos. En la senda no faltan los cuises, insectos, gusanos y lagartijas. El pájaro “ataja caminos” ave de singulares costumbres, ocupa nuestra atención con sus conocidas piruetas. Los tábanos no dejan de molestarnos con sus punzantes aguijones, bandadas de loros se echan de árbol en árbol con su bullanguería característica. Palomas, las hay de todas clases, especialmente las torcazas que llenan la soledad del monte con su arrullo triste y persistente. Las charatas y las pavas sólo se dejan oír cuando está feneciendo la tarde. Aunque por momentos la vegetación se hace más alta, la senda siempre está libre. Camino obligado de puesteros y campeadores, cuando viajan, no le mezquinan al hacha y a la macheteada. De vez en cuando somos sorprendidos por el tropel de animales ariscos que huyen asustados ante nuestra repentina presencia. Es zona de toros bravos.
A la salida de un pedregal, donde el arroyo de La Cruz dobla hacia el Norte, nos dimos súbitamente con un terreno plano cubierto de un espeso yuyaral donde aparecía la figura borrosa del monolito. El monte rodeaba su eminencia de roca gris y dos velas estaban ardiendo a sus pies. La emoción que ha ido creciendo gradualmente pronto se hizo grito en nuestras gargantas y prorrumpimos en un ¡Viva la Patria!, fuerte, rabioso, y nos quedamos escuchando el silencio que fue creciendo en solemnidad en nuestras mentes y en nuestros pechos.
Campamento en la Horqueta
El escenario era áspero y bravío. Por el lado sur, media docena de cebiles, notoriamente viejos, levantaban al cielo sus brazos esqueléticos en una actitud de eterna imploración. Al Oeste, a no más de cuarenta metros el arroyo con su caos de piedras. En el codo que daba frente al monolito se acumulan gajos, troncos, arbustos enteros. Se adivinaba que la corriente es brava; allí estaban las señales de cada una de las crecidas. En el Este, cerrada por la herradura que forma el contrafuerte terminal de la sierra, se erguían en su lomo robustos y elevados ejemplares de quebrachos y orco quebrachos que mecían sus copas al viento de la Cañada.
Antes que desaparecieran las luces del día nos apresuramos a juntar leña. Luego nos agrupamos alrededor de las llamas del fogón que encendimos. Alrededor de las 21 comenzamos la guardia por parejas. Cada uno debía permanecer una hora de pie frente al monolito antes de ser relevado, pasamos la noche en vela pues la guardia se suspendería recién a las primeras luces del nuevo día. Para darle mayor realismo ideamos una lanza con un palo largo y un puñal atado en la punta.
Así nos encontraron los últimos minutos del 16 de junio y los primeros del 17, día que marca el paso a la inmortalidad del Héroe Gaucho. La noche está oscura, callada y el frío quema. Solamente un cielo limpio y estrellado contempla con grandes ojos la Guardia. Mirando ese cielo de pronto se nos ocurre una idea ¡Hemos encontrado un nombre para nuestro acto! : “Guardia Bajo las Estrellas”, si, eso le queda bien, Guardia Bajo Las Estrellas sobre la propia tierra que vio consumirse la vida del Héroe.
En la profundidad del silencio imaginamos el galope de las caballerías, los gritos de guerra, las estridentes clarinadas que hacen hervir la sangre en la pelea.
Las primeras luces del día 17 de junio llegaron lentamente poniendo fin a la Guardia. Nadie durmió. Ahora es necesario terminar el acto. Como no habíamos llevado flores para la ofrenda, nos dispersamos por el monte y recogimos especies silvestres que se han conservado al abrigo del frío debajo de los espesos pajonales.
La ofrenda se cumplió sin pompas, con la mayor sencillez. Ramón Cortez y Rubén Fortuny depositaron en el suelo al pie del monolito, un humilde ramillete de flores, rojas, azules, y amarillas.
Luego entonamos las estrofas del Himno Nacional Argentino.
Miguel Salom se refirió a los hechos heroicos del prócer y terminó con un pensamiento: “Aquí, bajo el mismo cielo, cerca de estos árboles, en una mañana de angustia y desazón, murió el jefe gaucho, sus hombres, los hacedores de nuestra gesta, con el corazón anegado de amargura, presenciaron lo irremediable. Seguro estoy que todos nosotros estamos embargados, en este amanecer, de una conmovida vivencia. Hemos cumplido con una misión irrenunciable”.
Así nació “La Guardia Bajo Las Estrellas”, expresión del espíritu de un pueblo en admiración y gratitud a su héroe.
DOS AÑOS DESPUÉS en Mayo de 1958, el destino quiso que fuera Salom, director del Archivo Histórico de la Provincia, el autor del hallazgo que atestigua fehacientemente el lugar de la muerte del Gral. Martín Miguel de Güemes. Buscando entre otros documentos en 1822, encontró uno que confirmaba definitivamente ser la Cañada de la Horqueta el lugar exacto donde murió el Gral. Güemes.
El documento dice textualmente:
“Conste por esto ser verdad que Sebastián Silbera auxilió con una res gorda al señor Gral. D. Martín Güemes hallándose herido en el lugar de la Orqueta donde murió y para que el interesado pueda cobrar su importe, le doy el presente en Salta, mayo 20 de 1822.
Por el capitán Dn. Juan Hipólito Rivadeneira por no saber firmar, Juan Manuel Quirós.”
Por fin quedaba aclarado el lugar exacto de la muerte de Güemes. Ahora la historia ya podía aclarar la incertidumbre, un siglo y medio de dudas quedaba despejado.
La Comisión Permanente de Homenaje al Gral. Güemes -Guardia Bajo Las Estrellas- el Club Amigos de la Montaña mantienen esta ceremonia desde hace 47 años, con su simbólica guardia nocturna, el 16 de junio de cada año, en el propio lugar de la muerte del Héroe CAÑADA DE LA HORQUETA. (Ceremonia que ya se popularizó en gran parte del país).------


Por: Prof. José Fadel*
(Fragmento de su trabajo, “
COMO NACIÓ LA GUARDIA BAJO LAS ESTRELLA” del año 2003)
 *El Prof. José Fadel. Académico Honorario en el Sitial Guardia Bajo Las Estrellas de La Senda gloriosa de la Patria. Presidente de La Comisión Permanente de Homenaje al Gral. Martín Miguel de Güemes “Guardia Bajo Las Estrellas”.

Este homenaje “Guardia Bajo Las  Estrella”, fue Declarado de Interés Provincial por Decreto 840/01.

Contacto:
Dirección:
Pedro A. Pardo 235 (4.400) Salta

Teléfono:
0387 4329070
SMS o Whatsapp
+5493874183423

Correo Electrónico:
guardialahorqueta@gmail.com

Haciendo click en "el origen de la guardia", podrá ver un video para vinvenciar de alguna manera este sencillo y sentido homenaje.

Fotos del recuerdo:
Un lugareño y su familia 17 de junio de 1958


El Prof. José Fadel, haciendo uso de la palabra 1958 

Concurrencia a la Guardia Bajo las Estrellas 1958

En la Guardia, lanza en mano José Fadel y Ramón Hosracio Cortez (h) 1999




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